jueves, 1 de septiembre de 2011

JORGE LUIS BORGES Y LA TEORÌA DEL DELITO - HOMENAJEs POR EL PROF. PESSOA

Hace unos años, incorporamos este archivo diciendo que si cualquier excusa es buena para dedicarle unos minutos a Borges, el prof. Daniel De Marco sugiere la lectura de "Emma Zunz" para reflexionar sobre la provocación de la situación de necesidad y la de "El encuentro" por un imaginativo supuesto de ausencia de acción.

Luego, se han ido añadiendo breves homenajes que le hiciera al gran escritor uno de los más reconocidos penalistas de nuestro país, gran admirador de Borges, el profesor de la UNNE Nelson R. Pessoa, quien nos autorizó se lo reproduzca.

En síntesis, bellos recordatorios sobre el "Maestro" para quienes ya lo han disfrutado y una excelente introducción para quienes nunca lo hicieron. Deslizando hacia abajo, primero los homenajes y luego los cuentos...
Que lo disfruten:

Nuevo Homenaje recibido el 24 de agosto de 2018

Borges: su cuento “El encuentro”; ¿las cosas, a veces,  manejan al hombre?
(Homenaje en un nuevo aniversario de su nacimiento, 24/8/1899)

Una de mis convicciones sobre las ficciones de Borges es la siguiente: todo cuento tiene dos planos íntimamente conectados: a) el de la ficción literaria; allí aparece el enorme escritor que plantea o propone alguna construcción más o menos imaginaria, un fragmento de irrealidad y ello es materia del insuperable juego narrativo de Borges; b) detrás o a través de esa ficción, el escritor nos propone alguna idea, algún pensamiento que nos hace reflexionar.
Intento mostrar lo expuesto con un ejemplo y es el cuento “El encuentro” (en “El informe de Brodie”). El relato trata de un duelo –“El encuentro”– del que el cuentista (Borges) fue testigo cuando era un niño de nueve o diez años y, por ello está narrado (como muchas veces lo hace Borges) en primera persona. Véase como el Maestro nos introduce en la historia que habrá de contar: “El hecho aconteció, por lo demás, hacia 1910, el año del cometa –se refiere al cometa Halley- y del Centenario, y son tantas las cosas que desde entonces hemos poseído y perdido. Los protagonistas ya han muerto; quienes fueron testigos juraron un solemne silencio. Yo también alcé la mano para jurar y sentí la importancia de aquel rito, con toda la romántica seriedad de mis nueve o diez años. No sé si los demás advirtieron que yo había dado mi palabra”. El niño que ahora nos narra el hecho fue al lugar donde sucedió la historia –la quinta Los Laureles, en un pueblo del Norte (de Buenos Aires)– con un primo suyo a una reunión de amigos donde habrán de comer un asado. Los protagonistas del duelo son Duncan y Maneco Iriarte.
El niño, luego narrador, cuenta que en cierto momento comenzó a recorrer el caserón en el que estaba, hasta que en un instante, el dueño de casa (el apellido era Acevedo -apellido materno del escritor- o Acebal) “por bondad o para complacer su vanidad de coleccionista, me llevó a una vitrina… que contenía armas blancas. Eran cuchillos que en su manejo se habían hecho famosos”. El niño le preguntó si no estaba allí “la daga de Moreira”. La respuesta fue negativa.
Ahora llega el tiempo culminante del cuento. Se escuchan “unas voces airadas”. Con motivo del juego de naipes hay una fuerte discusión entre Duncan y Maneco Iriarte. Dice el narrador “Era evidente que todos estaban ebrios”. Y en un momento Uriarte le dice a Duncan “Voy a batirme con usted y ahora mismo”. Y véase este tramo del cuento “Alguien, Dios lo perdone, hizo notar que armas no faltaban”. En forma magistral Borges unifica el episodio del niño que mira la vitrina con armas con el incidente entre los dos rivales; en realidad  -es mi visión– ese fragmento del cuento es para mostrar la existencia de cuchillos famosos que eran coleccionados por el dueño de la quinta, armas que serán claves en el desarrollo de la ficción borgeana. Los rivales tomaron cuchillos de la vitrina; hasta aquí esta historia “…todos la interpretaban como fruto de una vieja rivalidad, exacerbada por el vino”.
Veamos ahora “El encuentro”. Dice el narrador “La tradición exige que los hombres en trance de pelear no ofendan la casa en que están y salgan afuera. Medio en jarana, medio en serio, salimos a la húmeda noche”. Y “…los hombres ya peleaban. Al principio lo hicieron con torpeza”. Pero luego el cuento nos muestra a los dos rivales exhibiendo una habilidad que sorprende a quienes presencian al duelo, “el peligro los había transfigurado”, el combate devino “como si fuera un ajedrez”. Resultó muerto Duncan. El narrador dice “Maneco Uriarte se inclinó sobre el muerto y le pidió que le perdonara. Sollozaba sin disimulo. El hecho que acababa de cometer lo sobrepasaba”.
Viene el final del cuento, como solo el Maestro Borges puede hacer. El cuentista relata aquel duelo. Años después, hacia 1929, el narrador tuvo con un comisario retirado Don José Olave, un “diálogo casual” y ese diálogo lo llevó “a romper el largo silencio” (el juramento que había hecho siendo niño cuando asistió al duelo). El Comisario Olave le “había contado historias de cuchilleros del bajo del Retiro”. Después Borges cuenta “le narré lo sucedido hace tantos años” y Olave le escuchó con atención profesional y le dijo (preguntó) si los rivales nunca habían “visteado”. Borges responde que no y que recuerda que todos los testigos “del encuentro” quedaron sorprendidos por la habilidad mostrada por Duncan y Uriarte. Entonces el comisario Olave, teniendo en cuenta las armas usadas en el duelo, le dice al narrador que el señor Acevedo, (el coleccionista de la armas de la vitrina), tenía un campo cerca de Pergamino, y que una de las armas usadas en el duelo (hubo solamente dos de esa clase) perteneció a Juan Almada (la otra perteneció a Moreira) y respecto de la otra del “encuentro”, agregó que “por aquellos pagos anduvo, a fines del siglo, otro pendenciero de mentas: Juan Almanza y que estos dos personajes “se tomaron inquina, porque la gente los confundía”. Sucedió que nunca pudieron enfrentarse, pues a Juan Almanza “lo mató una bala perdida en unas elecciones. El otro, creo, murió de muerte natural en el hospital de Las Flores”.
El narrador hace esta interpretación –he aquí la ficción de Borges– de los hechos: Duncan y Uriarte no fueron hombres hábiles en el manejo de cuchillos, “Maneco Uriarte no mató a Duncan; las armas, no los hombres, pelearon. Habían dormido, lado a lado, en una vitrina, hasta que las manos las despertaron. Acaso se agitaron al despertar, por eso tembló el puño de Uriarte, por eso tembló el puño de Duncan. Las dos sabían pelear –no sus instrumentos, los hombres– y pelearon bien esa noche. Se habían buscado largamente, por los largos caminos de la provincia, y por fin se encontraron, cuando sus gauchos ya eran polvo”.
El cuento concluye así “Las cosas duran más que la gente. Quién sabe si la historia concluye aquí, quien sabe si no volverán a encontrarse”.
Creo que detrás de esta hermosa ficción, ese hombre llamado Jorge Luis Borges, nos sugiere una idea: en principio el hombre crea, usa, maneja las cosas; pero, a veces, las cosas ¿no manejan al hombre?, en otras palabras, Borges plantea una pregunta casi metafísica, en cierto aspecto, un interrogante de tipo ético: ¿el comportamiento humano hasta qué punto está condicionado por las cosas, (léase “cosas”, dinero, pretensiones, etc.,)?,¿cuánto se aleja el hombre de ciertos principios éticos, religiosos, etc., cuando actúa?. No en vano dijo nuestro gran escritor que en los últimos años de su vida el tema ético era una de sus mayores preocupaciones (entre otros, Prólogo del “Elogio de la sombra”; también, el libro En Diálogo I, J.L. Borges O.Ferrari, Editorial Sudamericana, Bs.As.,1998,pág.297 y ss. ).

                                        Nelson R. Pessoa


Homenaje, recibido el 24 de agosto de 2016... más Borges por Pessoa


Borges “completa” el “Martín Fierro” en su cuento “El Fin” (Homenaje en un nuevo aniversario de su nacimiento 24/8/1899) por Nelson R. Pessoa
En muchos momentos de su obra Borges se ocupó de la   literatura (prosa y poesía) gauchesca, género por el que sintió especial predilección. En tal sentido es útil recordar entre otros su conocido ensayo “La poesía gauchesca”; allí aparece el Profesor, el erudito que brinda una clase magistral sobre el tema, pues hace una exposición cargada de conceptos técnicos que explican la materia, pero, con una admirable claridad y en un tono ameno que atrapa al lector.
Con respecto al “Martín Fierro” tuvo también una relación rica. Además del análisis que hace del poema en el trabajo antes citado, cabe señalar que se ocupó del mismo en conferencias, ensayos, hizo tres prólogos a distintas ediciones de la obra de Hernández, en uno de ellos escribió “En el autor del Martín Fierro se ha repetido, mutatis mutandi, la paradoja de Cervantes y Skakespeare; la del hombre inadvertido y común que deja una obra que las generaciones venideras no querrán olvidar”, y agregó “Una función del arte es legar un ilusorio ayer a la memoria de los hombres; de todas las historia que ha soñado la imaginación argentina, la de Fierro, la de Cruz y la de sus hijos, es la más patética y firme”. Y, como si eso fuera poco, la célebre obra inspiró versos y cuentos de Borges.
En esta nota quiero ocuparme de uno de esos cuentos (no es uno de los de mayor fama, pero – en mi opinión – de una gran belleza literaria: “El Fin” (en “Ficiones”). En este cuento Borges va a “completar” un célebre episodio del “Martín Fierro”.
Una breve aclaración que estimo útil para apreciar esta creación del Maestro. Fue una técnica muchas veces usada por Borges crear tomando como material otras obras; dialogaba, discutía, creaba hipótesis, “modificaba”, “suprimía”, “completaba” otras creaciones literarias, un ejemplo de ello, es su célebre cuento “Pierre Menard autor del Quijote ( Borges se imagina que un francés,(Piere Menard), intenta escribir sin copiar páginas idénticas a las de la excelsa obra de Cervantes; en realidad este cuento ha sido y es materia de discusión por los expertos). Lógicamente tal tarea demanda una gran erudición literaria y un enorme talento literario. Este tipo de recurso borgeano ha sido denominado por Irma Zangara “juego intertextual”, quien recuerda que el escritor también hacía con su propia obra (en su trabajo “Primera década del Borges Escritor”).
Veamos este “juego intertextual” que Borges hace en “El Fin” con el poema de Hernández, que también fue señalado, por ejemplo, por Raúl H.Castagnino en “Legados Borgeanos” ( “Borges”, Fundación Banco Boston, 1987, pág.89 y ss.,y por R. Costa Picazo e Irma Zangara, Jorge Luis Borges, Obras Completas, Edición Crítica,Emecé, I, pág. 978)
Hay que recordar dos famosos episodios del “Martín Fierro”. Uno, es en el que “Fierro” mata al “Moreno” en la pulpería. El otro, es la payada a contrapunto que el personaje tiene con otro “moreno” que resultó ser hermano del anterior. Es sabido que Fierro fue el ganador de dicha contienda (Canto XXX, de la Vuelta de Martín Fierro). Pero, y he aquí lo interesante, en el poema de Hernández queda pendiente este contrapunto entre Fierro y el “Moreno”, no se cierra esa rivalidad, quedó indefinida, por ello se lee “Y si otra ocasión payamos/ para que esto se complete/por mucho que lo respete/ cantaremos, si le gusta,/sobre la muertes injustas/ que algunos hombres cometen”. Y antes, en un momento de la payada el “Moreno” le dice a Fierro refiriéndose a esa muerte “sino porque tengo a más/ otro deber que cumplir”. Entonces Fierro advierte la situación y “los presentes” en esa ocasión evitan el enfrentamiento y Fierro y sus hijos y el hijo de Cruz se alejan del lugar (Canto XXXI).
Este dato de indefinición, esta contienda no terminada, es tomada por Borges y él va a “completar” esta historia, habrá de poner “El fin” a la misma; este es el tema y motivo del cuento y ello explica el título del mismo. En la posdata que Borges escribió en 1956 respecto del cuento dice: “Fuera de un personaje – Recabarren – cuya inmovilidad y pasividad sirve de contraste, nada o casi nada es invención mía … todo lo que hay en él está implícito en un libro famoso y yo he sido el primero en desentrañarlo o, por lo menos, en declararlo”.  
Es entonces cuando aparece el talento del gran escritor, el enorme creador de ficciones, aparece entonces el mago de nuestra lengua.
Ahora la historia entre Fierro (en el cuento se habla del “forastero”, nunca se habla de Fierro) y el “Moreno” (se habla del “negro”, una sola vez del “moreno”) es situada por Borges en la pulpería en que tuvo lugar la payada, su patrón es Recabarren, un vasco, que asistió a la payada, ahora postrado en un catre en una habitación contigua. Recabarren es una creación de Borges. El escenario es la pampa, que la tarde de los hechos del cuento, (véase la descripción de Borges del la inmensa llanura), “bajo el último sol, era casi abstracta, como vista en un sueño.”. En la pulpería – a cargo de “un chico de rasgos aindiados”, tal vez hijo del dueño - el “negro” esperaba el regreso de Fierro y con una guitarra ejecutaba “modestos acordes”.
Recabarren desde su cama y a través de una ventana con barrotes percibió “un punto” que “se agigantó en el horizonte y creció hasta ser un jinete…”, luego “vio el chambergo, el largo poncho oscuro, el caballo moro, pero no la cara del hombre, que por fin sujeto el galope y vino acercándose al trotecito… Recabarren no lo vio más”.
Entonces suceden los hechos que serán “el fin” de esta historia contada inicialmente por Hernández. “Sin alzar los ojos del instrumento, ….. el negro dijo… Ya sabía yo, señor, que podía contar con usted. El otro, … , replicó: Y yo con vos moreno. Una porción de días te hice esperar pero, aquí he venido”.  
En un momento posterior a este encuentro se produce un diálogo que remite a pasajes del poema de Hernández, así, Fierro cuenta que pasó varios años sin ver a sus hijos, a quienes dio buenos consejos, entre ellos “que el hombre no debe derramar la sangre del hombre”, a lo que el moreno responde “Hizo bien. Así no se parecerán a nosotros”.
El “Forastero” (Fierro) no por falta de coraje, no quiere más muertes, pero parece que ese es su camino inexorable, Borges le hace decir “Mi destino ha querido que yo matara y ahora, otra vez, me pone el cuchillo en la mano”.
Finalmente se produce la pelea fuera de la pulpería; el forastero “se quitó las espuelas” y el negro le pidió antes, que ahora “ponga todo su coraje y toda su maña, como en aquel encuentro de hace siete años, cuando mató a mi hermano”.
En este combate borgeano el moreno mató a Fierro, fue al atardecer – tal vez otro símbolo de un final – que la ilustre pluma describe así “Hay una hora de la tarde en que la llanura está por decir algo; nunca lo dice o tal vez lo dice infinitamente y no lo entendemos, o lo entendemos pero es intraducible como una música. Desde su catre, Recabarren vio el fin.”   
                                  


BORGES: El escritor juega con la idea del “destino”.  (Homenaje con motivo de un aniversario de su fallecimiento 14/6/1986) por NELSON R. PESSOA

Alicia Jurado, amiga y experta en la obra de Borges, en su extraordinario libro “Genio y figura de Jorge Luis Borges”,  sostiene que Borges más allá de sus convicciones metafísicas, muchas veces usaba ideas filosóficas, teológicas, religiosas, alguna hipótesis científica  o algún pensamiento para construir su literatura, (en pág. 68 escribe: “Las hipótesis metafísicas que propone no coinciden necesariamente con sus creencias”; y, en pág 79, dice “los postulados metafísicos de que parte Borges para construir sus cuentos no implican que el autor crea en ellos”). Muchas veces se ha citado un pensamiento de Borges expuesto en el Epílogo de “Otras inquisiciones”, cuando dice que le interesan las ideas religiosas o filosóficas por su valor estético. Mucho de su producción literaria se explica con este tipo de juego. Así, tomaba un argumento filosófico y se convertía en el tema de un cuento, de un ensayo. Es posible que el no compartiera esa idea desde el punto de vista intelectual, pero ello no impedía “jugar” con ella en términos de construcción literaria.  Obviamente, a ello se sumaba el talento del escritor para crear literatura como solo él pudo hacerlo.

En esta breve nota pretendo mostrar uno de esos “juegos” borgeanos: el vinculado a la idea del “destino inexorable”. La idea es que la vida humana está marcada, predeterminada de antemano a fuego por “Algo” o “Alguien” y es frecuente en su obra; (muchas veces aparece “Dios” en escena, por ejemplo, en el Poema de los Dones, “Nadie rebaje a lágrima o reproche/ esta declaración de la maestría/ de Dios, que con magnífica ironía/me dio a la vez los libros y la noche”. Al respecto, Osvaldo Pol “El tema de Dios en la poesía de Borges). Así las cosas, el hombre no hace su destino libremente, sino que todo está previamente determinado; el azar o la libertad carecen de incidencia en la existencia de cada quien. Insisto, desconozco cuál era la opinión de Borges sobre este tema; al respecto, solo caben conjeturas.

A los fines de ilustrar el “juego” de Borges con esa idea elegí uno de mis cuentos preferidos y es “El muerto” (pertenece al libro “El Aleph”). Su belleza reside – en mi opinión – en una mezcla de: a) un escenario “criollo” magistralmente logrado, b) usando episodios con una enorme capacidad de significar el “destino” haciendo su obra y c) y relatados mediante ese lenguaje “simple” y  bellísimo de Borges, de adjetivos austeros y precisos, de ausencia de sinónimos, de juegos de hipérboles, metonimias, hipálages, oxímoron, etc. y otras figuras literarias. Explico brevemente estos elementos.

La historia comienza en Buenos Aires hacia 1891; un  tal Benjamín Otálora (personaje central, que “es” o “será” el “muerto”) huye hacia Montevideo a causa de una muerte que “debe”. Va con una carta de recomendación “para un tal Azevedo Bandeira”, el otro gran protagonista del cuento. No lo encuentra, pero … allí el “destino” empieza a hacer su trabajo. Oh “casualidad”, (véase el episodio que crea Borges), “hacia la medianoche… en un almacén, asiste a un altercado entre unos troperos. Un cuchillo relumbra; Otálora no sabe de qué lado está la razón, pero lo atrae el puro sabor del peligro, como a otros la baraja o la música” (nótese el lenguaje y el episodio usado por Borges para mostrar el escenario criollo y que Otálora es un hombre de coraje)

Y en forma inmediata sigue así la historia (adviértase este episodio del cuento): Otalora “Para, en el entrevero, una puñalada baja que un peón le tira a un hombre de galera oscura y de poncho. Éste, después, resulta ser Azevedo Bandeira. (Otálora, al saberlo, rompe la carta, porque prefiere debérselo todo a sí mismo)”. El “destino” sigue haciendo su labor: Otálora se encontró “casualmente” con Azevedo Bandeira, a quien buscaba y antes no encontró y, además, por “casualidad” le salva la vida. Bandeira advierte el coraje de Otálora, “lo pondera, le ofrece una copa de caña” y “le propone ir al norte con los demás a traer una tropa. Otálora acepta”.

Allí por obra del destino comienza la relación entre ambos.  Azevedo Bandeira es un personaje algo misterioso, (tal vez, es el símbolo que usa el autor para expresar ese “Algo” tan especial) y “da, aunque fornido, la injustificable impresión de ser contrahecho”, y “en su rostro … están el judío, el negro y el indio”, dicen que “nació del otro lado del Cuareim, en Rio Grande do Sul”; los negocios de Bandeira “son múltiples y el principal es el contrabando”. Es temido y respetado y también “ser hombre de Bandeira es ser considerado y temido”.

Otálora en Buenos Aires se había criado en un barrio del carrero y del cuarteador y “antes de un año se hace gaucho”. Ha cambiado su vida ( ¿él decidió o el “destino?). Esta nueva vida, en el campo, es descripta por la pluma maestra de Borges así (es uno de los momentos del cuento de mayor belleza literaria): “Entonces comienza para Otálora una vida distinta, una vida de vastos amaneceres y de jornadas que tienen el olor del caballo. Esa vida es nueva para él, y a veces atroz, pero ya está en su sangre, porque lo mismo que los hombres de otras naciones veneran y presienten el mar, así nosotros (también el hombre que entreteje estos símbolos) ansiamos la llanura inagotable que resuena bajo los cascos”.

Y en este escenario de campo, Otálora, otra vez quiere decidir su vida, pero parece ser que ella está marcada a fuego por “Algo” o “Alguien”; piensa que “ser tropero es ser un sirviente; Otálora se propone ascender a contrabandista” como su patrón, (véase cómo el personaje quiere decidir su existencia; decide qué quiere y qué no quiere ser; veremos qué decide el “destino”). En ese tiempo lo ve una sola vez a su patrón. Regresan a Montevideo, a la casa del patrón que es un misterio, pues casi no lo ven, (entiendo que es otro símbolo usado para denotar la misma idea), dicen que está enfermo. El hombre que decide la vida de Otálora no puede ser visto por éste. Alguno de sus hombres suele ingresar a su pieza a servirle unos mates. Una tarde le encomiendan a Otálora esa tarea.   

Otra vez la narrativa de Borges logra relatar este momento de manera magistral cuando describe el dormitorio, a Bandeira, que se queja y “con las grietas de los años” y aparece en escena la mujer del patrón “de pelo rojo”, a medio vestir y descalza. Entonces Otálora piensa que bastaría un golpe para dar cuenta de él. Ahora aparece en el personaje la idea de reemplazar a su patrón, de ocupar su lugar, eso es lo que decide; veremos que dice el “destino”.

Por orden del patrón sus hombres se fueron a una estancia – El Suspiro - perdida en la llanura. Otálora un día escucha que pronto llegará  Bandeira de Montevideo, porque – dice alguien – “hay un forastero agauchado que está queriendo mandar demasiado”. Sucede que Otálora le cuenta su plan a Ulpiano Suárez, a un “capanga” del patrón.

Entonces “entra después en el destino de Benjamín Otálora un colorado cabos negros que trae del Sur Azevedo Bandeira y que luce apero chapeado …, ese caballo … es un símbolo de la autoridad del patrón”. Otálora desobedece las órdenes del patrón, a veces dice haberlas entendido de otra forma y en un tiroteo en Tacuarembó “usurpa el lugar de Bandeira y manda a los orientales”, esa tarde monta el caballo de su jefe y duerme con la mujer de cabellos colorados.

Y viene el final de la historia. “Azevedo Bandeira es diestro en el arte de la humillación progresiva, en la satánica maniobra de humillar al interlocutor gradualmente, combinando veras y burlas”. Sucede en la última noche de 1891, (no es casual el símbolo) en la estancia “El suspiro”. Los hombres “comen cordero recién carneado y beben un alcohol pendenciero”. Otálora borracho erige exultación tras exultación. Bandeira taciturno deja que transcurra la noche entre gritos y bebida, y cuando suenan las campanas se levanta y llama la puerta de su mujer a quien ordena que le bese a Otálora, la mujer llora y es obligada a hacerlo. Y el cuento culmina así “Ulpiano Suárez ha empuñado el revolver. Otálora comprende, ante de morir, que desde el principio lo han traicionado, que ha sido condenado a muerte, que le han permitido el amor, el mando y el triunfo, porque ya lo daban por muerto, porque para Bandeira ya estaba muerto. Suárez, casi con desdén, hace fuego”.   

Rolando Costa Picazo e Irma Zangara en su extraordinario comentario a la Obras Completas I,  (1923-1949), Edición Crítica, Emecé, Buenos Aires, 2009, pág. 1079, expresan esta idea “Aquí, el insignificante protagonista llega finalmente a la revelación de que su destino ya había sido determinado por ese otro al que pensó traicionar”. Me permito – a modo de conjetura – elaborar una idea distinta de la expuesta por tan autorizadas voces: pienso que Azevedo Bandeira también fue un instrumento usado por el “destino” para trazar la existencia de Otálora. Me parece que esta hipótesis es más compatible con la idea de ese “Algo” o “Alguien” misterioso y ajeno al hombre que decide los “destinos” humanos.

BORGES: Breve homenaje en el aniversario de su nacimiento.
por Nelson R. Pessoa


Jorge Francisco Isidoro Luis Borges nació en Buenos Aires el 24 de Agosto de 1899. Respecto de la obra literaria del Maestro se ha escrito una cantidad de trabajos en diferentes idiomas, que es prácticamente de lectura imposible. Es conocida la erudición de Borges respecto de idiomas (inglés, que aprendió en su casa, por ser el idioma de su abuela paterna; francés, que debió aprender cuando realizó sus estudios secundarios en Ginebra, donde también debió estudiar latín; alemán, sus primeras lecturas fueron Kant, Heine, Meyrink, a quien tradujo, y obviamente, Schopenhauer; italiano, que decía solo leía, pero lo estudió, para leer, entre otros a Dante, Ariosto; y sus estudios sobre anglosajón antiguo, griego, árabe, etc.)

Es difícil hacer un inventario de los temas que estuvieron presentes en la obra de Borges. Buenos Aires, la ciudad de su tiempo de su tiempo existencial, fue tema de inspiración permanente, ya aparece en su primer libro ”Fervor de Buenos Aires” (1923); las guerras de la independencia, sus antepasados, que fueron protagonistas de esas luchas, el gaucho, la pampa, y eso que siempre él llamaba “la Patria”, que se expresa en “la pampa”, las casas con zaguán y patios con aljibe, el mate, el truco, Quiroga, Rosas, Sarmiento. También estuvieron presentes en su obra, los compadritos, los hombres de coraje, que se batieron en duelos de cuchillo, (“en garito y elecciones, probó siempre que eran bueno”….., ( ); basta recordar sus bellísimas milongas), también su ceguera, (El poema de los dones), sus amigos, inspiraron algún verso o poema. Temas literarios dieron origen a ensayos; por ejemplo, Evaristo Carriego (1930).

Hay un aspecto de su obra que es el que quiero destacar brevemente en estas líneas, pues es un dato que ayuda a entender al gran escritor. Borges fue un una persona de un gran erudición ( en este país, para muchos, es un “pecado” grave), y parte de ella se manifestaba en su formación filosófica, que estuvo condicionada sin duda alguna por su educación en Suiza. Una parte considerable de la obra de Borges se entiende desde la filosofía. Nuestro escritor era partidario del idealismo filosófico ( Berkerley y Hume, a los que llegó por influencia de su padre y Schopenhauer, por propia lectura; en su Autobiografía, El Ateneo, Bs. As., 1999, pág.46, refiriéndose a Schopenhauer, “Die Welt als Wille und Vorstellung”, EL Mundo como voluntad y representación, - fue lector atento de este libro - dijo “Hoy, si tuviera que elegir a un filósofo, lo elegiría a él.”). No había sido un simple lector de filosofía; disponía de un muy solvente manejo del pensamiento filosófico. Era un idealista en el sentido técnico de la expresión. En resumidas cuentas, Borges compartía la idea que el “mundo” es una construcción conceptual del hombre (Kant, - a quien estudió - está detrás de Schopenhauer). El “mundo” no es la realidad física que está frente el hombre, sino que es la “significación” que el hombre le otorga a esa realidad. Las cosas u objetos no tienen significación trascendente o independiente del hombre; éste es el crea el “objeto”( “significado”). Esta idea (Hume, Berkerley, Kant, Schopenhauer), es permanente en la obra de Borges (“… reviví la tremenda conjetura de Schopenhauer y de Berkerley que declara que el mundo es una actividad de la mente, un sueños de las almas”, “Amanecer” en “Fervor de Buenos Aires”). Al respecto es muy útil la lectura de su cuento “There are more things” – “hay más cosas” ( en “El Libro de Arena”), el personaje no puede “ver” (léase “comprender”) ciertas cosas “extrañas”, porque no las puede “pensar” en términos de atribución de significado. Es uno de sus cuentos más logrados por su belleza literaria y precisión filosófica en el tratamiento de esta idea.

Borges pensaba también que el Universo es un gran “laberinto” (este era un símbolo permanentemente usado por él, para significar el misterio de ese infinito que el hombre no puede entender y que lo supera). El Maestro en algunos de sus cuentos juega y hace conjeturas frente a semejante misterio; como bien idealista, quiere atribuirle significados; al respecto, además de “La Casa de Asterión” y “La Muerte y la Brújula”, es sumamente interesante su cuento “La Biblioteca de Babel”, (según la autorizada opinión de María E. Vázquez, “uno de los textos más importantes del escritor”),se trata de una inmensa biblioteca (el Universo) cuyos libros no pueden descifrarse y la clave está en uno que es casi imposible encontrar ( en el libro “Ficciones”). Borges pensaba que uno de los grandes temas filosóficos es el “tiempo”. Aquí se advierte otra vez su idealismo filosófico; este fue uno de los temas de Kant (el “tiempo” – al igual que el “espacio”- es una categoría que el hombre pone al mundo para entenderlo). Más que la inmortalidad, que es una pretensión humana de vencer al tiempo (pensaba él), lo que le importa es la “Eternidad”, una dimensión fuera del tiempo; no es casual que uno de sus libros sea “Historia de la Eternidad” (1936).

Tal vez, su idealismo filosófico lo llevó a otro tema de presencia constante su obra: la relación del hombre con el mundo mediante el pensamiento, como herramienta de aprehensión conceptual de lo general, y la memoria, particular forma de aprehensión de lo individual, en este caso, el pasado (otra vez el “tiempo”). Un claro ejemplo de ello, es su cuento “Funes el memorioso” en (“Ficciones”), en mi opinión, uno de los mayores logros literarios del Maestro; es uno de los cuentos más hermosos que he leído.

A modo de sugerencia: quien desee disponer mayor información para conocer mejor el mundo “borgeano”, puede consultar dos biografías: María Esther Vázquez “Borges Esplendor y derrota”, Tusquets, Barcelona, 1996 y Alejandro Vaccaro, “Borges Vida y litetartura”, Edhasa, Buenos Aires, 2006. Actualmente se está publicando una versión de sus obras completas, en una “Edición crítica”, Anotada por Rolando Costa Picazo e Irma Zángara (Emecé).

Si estas pocas ideas sirven estímulo para que algún lector se acerque a Borges, a su extraordinaria obra, este modesto homenaje habrá sido motivo de enorme satisfacción de quien ahora recuerda su memoria.



1º cuento:
EMMA ZUNZ (EL ALEPH, 1949)



El catorce de enero de 1922, Emma Zunz, al volver de la fábrica de tejidos Tarbuch y Loewenthal, halló en el fondo del zaguán una carta, fechada en el Brasil, por la que supo que su padre había muerto. La engañaron, a primera vista, el sello y el sobre; luego, la inquietó la letra desconocida. Nueve o diez líneas borroneadas querían colmar la hoja; Emma leyó que el señor Maier había ingerido por error una fuerte dosis de veronal y había fallecido el tres del corriente en el hospital de Bagé. Un compañero de pensión de su padre firmaba la noticia, un tal Fein o Fain, de Río Grande, que no podía saber que se dirigía a la hija del muerto.



Emma dejó caer el papel. Su primera impresión fue de malestar en el vientre y en las rodillas; luego de ciega culpa, de irrealidad, de frío, de temor; luego, quiso ya estar en el día siguiente. Acto continuo comprendió que esa voluntad era inútil porque la muerte de su padre era lo único que había sucedido en el mundo, y seguiría sucediendo sin fin. Recogió el papel y se fue a su cuarto. Furtivamente lo guardó en un cajón, como si de algún modo ya conociera los hechos ulteriores. Ya había empezado a vislumbrarlos, tal vez; ya era la que sería.



En la creciente oscuridad, Emma lloró hasta el fin de aquel día del suicidio de Manuel Maier, que en los antiguos días felices fue Emanuel Zunz. Recordó veraneos en una chacra, cerca de Gualeguay, recordó (trató de recordar) a su madre, recordó la casita de Lanús que les remataron, recordó los amarillos losanges de una ventana, recordó el auto de prisión, el oprobio, recordó los anónimos con el suelto sobre «el desfalco del cajero», recordó (pero eso jamás lo olvidaba) que su padre, la última noche, le había jurado que el ladrón era Loewenthal. Loewenthal, Aarón Loewenthal, antes gerente de la fábrica y ahora uno de los dueños. Emma, desde 1916, guardaba el secreto. A nadie se lo había revelado, ni siquiera a su mejor amiga, Elsa Urstein. Quizá rehuía la profana incredulidad; quizá creía que el secreto era un vínculo entre ella y el ausente. Loewenthal no sabía que ella sabía; Emma Zunz derivaba de ese hecho ínfimo un sentimiento de poder.



No durmió aquella noche, y cuando la primera luz definió el rectángulo de la ventana, ya estaba perfecto su plan. Procuró que ese día, que le pareció interminable, fuera como los otros. Había en la fábrica rumores de huelga; Emma se declaró, como siempre, contra toda violencia. A las seis, concluido el trabajo, fue con Elsa a un club de mujeres, que tiene gimnasio y pileta. Se inscribieron; tuvo que repetir y deletrear su nombre y su apellido, tuvo que festejar las bromas vulgares que comentan la revisación. Con Elsa y con la menor de las Kronfuss discutió a qué cinematógrafo irían el domingo a la tarde. Luego, se habló de novios y nadie esperó que Emma hablara. En abril cumpliría diecinueve años, pero los hombres le inspiraban, aún, un temor casi patológico... De vuelta, preparó una sopa de tapioca y unas legumbres, comió temprano, se acostó y se obligó a dormir. Así, laborioso y trivial, pasó el viernes quince, la víspera.



El sábado, la impaciencia la despertó. La impaciencia, no la inquietud, y el singular alivio de estar en aquel día, por fin. Ya no tenía que tramar y que imaginar; dentro de algunas horas alcanzaría la simplicidad de los hechos. Leyó en La Prensa que el Nordstjärnan, de Malmö, zarparía esa noche del dique 3; llamó por teléfono a Loewenthal, insinuó que deseaba comunicar, sin que lo supieran las otras, algo sobre la huelga y prometió pasar por el escritorio, al oscurecer. Le temblaba la voz; el temblor convenía a una delatora. Ningún otro hecho memorable ocurrió esa mañana. Emma trabajó hasta las doce y fijó con Elsa y con Perla Kronfuss los pormenores del paseo del domingo. Se acostó después de almorzar y recapituló, cerrados los ojos, el plan que había tramado. Pensó que la etapa final sería menos horrible que la primera y que le depararía, sin duda, el sabor de la victoria y de la justicia. De pronto, alarmada, se levantó y corrió al cajón de la cómoda. Lo abrió; debajo del retrato de Milton Sills, donde la había dejado la antenoche, estaba la carta de Fain. Nadie podía haberla visto; la empezó a leer y la rompió.



Referir con alguna realidad los hechos de esa tarde sería difícil y quizá improcedente. Un atributo de lo infernal es la irrealidad, un atributo que parece mitigar sus terrores y que los agrava tal vez. ¿Cómo hacer verosímil una acción en la que casi no creyó quien la ejecutaba, cómo recuperar ese breve caos que hoy la memoria de Emma Zunz repudia y confunde? Emma vivía por Almagro, en la calle Liniers; nos consta que esa tarde fue al puerto. Acaso en el infame Paseo de Julio se vio multiplicada en espejos, publicada por luces y desnudada por los ojos hambrientos, pero más razonable es conjeturar que al principio erró, inadvertida, por la indiferente recova... Entró en dos o tres bares, vio la rutina o los manejos de otras mujeres. Dio al fin con hombres del Nordstjärnan. De uno, muy joven, temió que le inspirara alguna ternura y optó por otro, quizá más bajo que ella y grosero, para que la pureza del horror no fuera mitigada. El hombre la condujo a una puerta y después a un turbio zaguán y después a una escalera tortuosa y después a un vestíbulo (en el que había una vidriera con losanges idénticos a los de la casa en Lanús) y después a un pasillo y después a una puerta que se cerró. Los hechos graves están fuera del tiempo, ya porque en ellos el pasado inmediato queda como tronchado del porvenir, ya porque no parecen consecutivas las partes que los forman.



¿En aquel tiempo fuera del tiempo, en aquel desorden perplejo de sensaciones inconexas y atroces, pensó Emma Zunz una sola vez en el muerto que motivaba el sacrificio? Yo tengo para mí que pensó una vez y que en ese momento peligró su desesperado propósito. Pensó (no pudo no pensar) que su padre le había hecho a su madre la cosa horrible que a ella ahora le hacían. Lo pensó con débil asombro y se refugió, en seguida, en el vértigo. El hombre, sueco o finlandés, no hablaba español; fue una herramienta para Emma como ésta lo fue para él, pero ella sirvió para el goce y él para la justicia. Cuando se quedó sola, Emma no abrió en seguida los ojos. En la mesa de luz estaba el dinero que había dejado el hombre: Emma se incorporó y lo rompió como antes había roto la carta. Romper dinero es una impiedad, como tirar el pan; Emma se arrepintió, apenas lo hizo. Un acto de soberbia y en aquel día... El temor se perdió en la tristeza de su cuerpo, en el asco. El asco y la tristeza la encadenaban, pero Emma lentamente se levantó y procedió a vestirse. En el cuarto no quedaban colores vivos; el último crepúsculo se agravaba. Emma pudo salir sin que lo advirtieran; en la esquina subió a un Lacroze, que iba al oeste. Eligió, conforme a su plan, el asiento más delantero, para que no le vieran la cara. Quizá le confortó verificar, en el insípido trajín de las calles, que lo acaecido no había contaminado las cosas. Viajó por barrios decrecientes y opacos, viéndolos y olvidándolos en el acto, y se apeó en una de las bocacalles de Warnes. Paradójicamente su fatiga venía a ser una fuerza, pues la obligaba a concentrarse en los pormenores de la aventura y le ocultaba el fondo y el fin.



Aarón Loewenthal era, para todos, un hombre serio; para sus pocos íntimos, un avaro. Vivía en los altos de la fábrica, solo. Establecido en el desmantelado arrabal, temía a los ladrones; en el patio de la fábrica había un gran perro y en el cajón de su escritorio, nadie lo ignoraba, un revólver. Había llorado con decoro, el año anterior, la inesperada muerte de su mujer - ¡una Gauss, que le trajo una buena dote! -, pero el dinero era su verdadera pasión. Con íntimo bochorno se sabía menos apto para ganarlo que para conservarlo. Era muy religioso; creía tener con el Señor un pacto secreto, que lo eximía de obrar bien, a trueque de oraciones y devociones. Calvo, corpulento, enlutado, de quevedos ahumados y barba rubia, esperaba de pie, junto a la ventana, el informe confidencial de la obrera Zunz.

La vio empujar la verja (que él había entornado a propósito) y cruzar el patio sombrío. La vio hacer un pequeño rodeo cuando el perro atado ladró. Los labios de Emma se atareaban como los de quien reza en voz baja; cansados, repetían la sentencia que el señor Loewenthal oiría antes de morir.

Las cosas no ocurrieron como había previsto Emma Zunz. Desde la madrugada anterior, ella se había soñado muchas veces, dirigiendo el firme revólver, forzando al miserable a confesar la miserable culpa y exponiendo la intrépida estratagema que permitiría a la Justicia de Dios triunfar de la justicia humana. (No por temor, sino por ser un instrumento de la Justicia, ella no quería ser castigada.) Luego, un solo balazo en mitad del pecho rubricaría la suerte de Loewenthal. Pero las cosas no ocurrieron así.



Ante Aarón Loeiventhal, más que la urgencia de vengar a su padre, Emma sintió la de castigar el ultraje padecido por ello. No podía no matarlo, después de esa minuciosa deshonra. Tampoco tenía tiempo que perder en teatralerías. Sentada, tímida, pidió excusas a Loewenthal, invocó (a fuer de delatora) las obligaciones de la lealtad, pronunció algunos nombres, dio a entender otros y se cortó como si la venciera el temor. Logró que Loewenthal saliera a buscar una copa de agua. Cuando éste, incrédulo de tales aspavientos, pero indulgente, volvió del comedor, Emma ya había sacado del cajón el pesado revólver. Apretó el gatillo dos veces. El considerable cuerpo se desplomó como si los estampidos y el humo lo hubieran roto, el vaso de agua se rompió, la cara la miró con asombro y cólera, la boca de la cara la injurió en español y en ídisch. Las malas palabras no cejaban; Emma tuvo que hacer fuego otra vez. En el patio, el perro encadenado rompió a ladrar, y una efusión de brusca sangre manó de los labios obscenos y manchó la barba y la ropa. Emma inició la acusación que había preparado («He vengado a mi padre y no me podrán castigar...»), pero no la acabó, porque el señor Loewenthal ya había muerto. No supo nunca si alcanzó a comprender.



Los ladridos tirantes le recordaron que no podía, aún, descansar. Desordenó el diván, desabrochó el saco del cadáver, le quitó los quevedos salpicados y los dejó sobre el fichero. Luego tomó el teléfono y repitió lo que tantas veces repetiría, con esas y con otras palabras: Ha ocurrido una cosa que es increíble... El señor Loewenthal me hizo venir con el pretexto de la huelga... Abusó de mí, lo maté...



La historia era increíble, en efecto, pero se impuso a todos, porque sustancialmente era cierta. Verdadero era el tono de Emma Zunz, verdadero el pudor, verdadero el odio. Verdadero también era el ultraje que había padecido; sólo eran falsas las circunstancias, la hora y uno o dos nombres propios.



2ª cuento:

El encuentro


J.L.Borges

"El informe de Brodie" fue publicado originalmente en 1970

A Susana Bombal

Quien recorre los diarios cada mañana lo hace para el olvido o para el diálogo casual de esa tarde, y así no es raro que ya nadie recuerde, o recuerde como en un sueño, el caso entonces discutido y famoso de Maneco Uriarte y de Duncan. El hecho aconteció, por lo demás, hacia 1910, el año del cometa y del Centenario, y son tantas las cosas que desde entonces hemos poseído y perdido. Los protagonistas ya han muerto; quienes fueron testigos del episodio juraron un solemne silencio. También yo alcé la mano para jurar y sentí la importancia de aquel rito, con toda la romántica seriedad de mis nueve o diez años. No sé si los demás advirtieron que yo había dado mi palabra; no sé si guardaron la suya. Sea lo que fuere, aquí va la historia, con las inevitables variaciones que traen el tiempo y la buena o la mala literatura.

Mi primo Lafinur me llevó esa tarde a un asado en la quinta de Los Laureles. No puedo precisar su topografía; pensemos en uno de esos pueblos del Norte, sombreados y apacibles, que van declinando hacia el río y que nada tienen que ver con la larga ciudad y con su llanura. El viaje en tren duró lo bastante para que me pareciera tedioso, pero el tiempo de los niños, como se sabe, fluye con lentitud. Había empezado a oscurecer cuando atravesamos el portón de la quinta. Ahí estaban, sentí, las antiguas cosas elementales: el olor de la carne que se dora, los árboles, los perros, las ramas secas, el fuego que reune a los hombres.

Los invitados no pasaban de una docena; todos, gente grande. El mayor, lo supe después, no había cumplido aun los treinta años. Eran, no tardé en comprender, doctos en temas de los que sigo siendo indigno: caballos de carrera, sastrería, vehículos, mujeres notoriamente costosas. Nadie turbó mi timidez, nadie reparó en mí. El cordero, preparado con diestra lentitud por uno de los peones, nos demoró en el largo comedor. Las fechas de los vinos se discutieron. Había una guitarra; mi primo, creo recordar, entonó La tapera y El gaucho de Elías Regules y unas décimas en lunfardo, en el menesteroso lunfardo de aquellos años, sobre un duelo a cuchillo en una casa de la calle Junín. Trajeron el café y los cigarros de hoja. Ni una palabra de volver. Yo sentía (la frase es de Lugones) el miedo de lo demasiado tarde. No quise mirar el reloj. Para disimular mi soledad de chico entre mayores, apuré sin agrado una copa o dos. Uriarte propuso a gritos a Duncan un póker mano a mano. Alguien objetó que esa manera de jugar solía ser muy pobre y sugirió una mesa de cuatro. Duncan lo apoyó, pero Uriarte, con una obstinación que no entendí, ni traté de entender, insistió en lo primero. Fuera del truco, cuyo fin esencial es poblar el tiempo con diabluras y versos y de los modestos laberintos del solitario, nunca me gustaron los naipes. Me escurrí sin que nadie lo notara. Un caserón desconocido y oscuro (sólo en el comedor había luz) significa más para un niño que un país ignorado para un viajero. Paso a paso exploré las habitaciones; recuerdo una sala de billar, una galería de cristales con formas de rectángulos y de rombos, un par de sillones de hamaca y una ventana desde la cual se divisaba una glorieta. En la oscuridad me perdí; el dueño de casa, cuyo nombre, a la vuelta de los años, puede ser Acevedo o Acebal, dio por fin conmigo. Por bondad o para complacer su vanidad de coleccionista, me llevó a una vitrina. Cuando prendió la lámpara, vi que contenía armas blancas. Eran cuchillos que en su manejo se habían hecho famosos. Me dijo que tenía un campito por el lado de Pergamino y que yendo y viniendo por la provincia había ido juntando esas cosas. Abrió la vitrina y sin mirar las indicaciones de las tarjetas, me refirió su historia, siempre más o menos la misma, con diferencias de localidades y fechas. Le pregunté si entre las armas no figuraba la daga de Moreira, en aquel tiempo el arquetipo del gaucho, como después lo fueron Martín Fierro y Don Segundo Sombra. Hubo de confesar que no, pero que podía mostrarme una igual, con el gavilán en forma de U. Lo interrumpieron unas voces airadas. Cerró inmediatamente la vitrina; yo lo seguí.

Uriarte vociferaba que su adversario le había hecho una trampa. Los compañeros los rodeaban, de pie. Duncan, recuerdo, era más alto que los otros, robusto, algo cargado de hombros, inexpresivo, de un rubio casi blanco; Maneco Uriarte era movedizo, moreno, acaso achinado, con un bigote petulante y escaso. Era evidente que todos estaban ebrios; no sé si había en el piso dos o tres botellas tiradas o si el abuso del cinematógrafo me sugiere esa falsa memoria. Las injurias de Uriarte no cejaban, agudas y ya obscenas. Duncan parecía no oírlo; al fin, como cansado, se levantó y le dio un puñetazo. Uriarte, desde el suelo, gritó que no iba a tolerar esa afrenta y lo retó a batirse.

Duncan dijo que no, y agregó a manera de explicación:

— Lo que pasa es que le tengo miedo.

La carcajada fue general.

Uriarte, ya de pie, replicó:

— Voy a batirme con usted y ahora mismo.

Alguien, Dios lo perdone, hizo notar que armas no faltaban.

No sé quién abrió la vitrina. Maneco Uriarte buscó el arma más vistosa y más larga, la del gavilán en forma de U; Duncan, casi al desgaire, un cuchillo de cabo de madera, con la figura de un arbolito en la hoja. Otro dijo que era muy de Maneco elegir una espada. A nadie le asombró que le temblara en aquel momento la mano; a todos, que a Duncan le pasara lo mismo.

La tradición exige que los hombres en trance de pelear no ofendan la casa en que están y salgan afuera. Medio en jarana, medio en serio, salimos a la humeda noche. Yo no estaba ebrio de vino, pero sí de aventura; yo anhelaba que alguien matara, para poder contarlo después y para recordarlo. Quizá en aquel momento los otros no eran más adultos que yo. También sentí que un remolino, que nadie era capaz de sujetar, nos arrastraba y nos perdía. No se prestaba mayor fe a la acusación de Maneco; todos la interpretaban como fruto de una vieja rivalidad, exacerbada por el vino.

Caminamos entre árboles, dejamos atrás la glorieta. Uriarte y Duncan iban a la cabeza; me extrañó que se vigilaran, como temiendo una sorpresa. Bordeamos un cantero de césped. Duncan dijo con suave autoridad:

— Este lugar es aparente.

Los dos quedaron en el centro, indecisos. Una voz les gritó:

— Suelten esa ferretería que los estorba y agárrense de veras.

Pero ya los hombres peleaban. Al principio lo hicieron con torpeza, como si temieran herirse; al principio miraban los aceros, pero después los ojos del contrario. Uriarte había olvidado su ira; Duncan, su indiferencia o desdén. El peligro los había transfigurado; ahora eran dos hombres los que peleaban, no dos muchachos. Yo había previsto la pelea como un caos de acero, pero pude seguirla, o casi seguirla, como si fuera un ajedrez. Los años, claro está, no habrán dejado de exaltar o de oscurecer lo que vi. No sé cuánto duró; hay hechos que no se sujetan a la comun medida del tiempo.

Sin el poncho que hace de guardia, paraban con el antebrazo los golpes. Las mangas, pronto jironadas, se iban oscureciendo de sangre. Pensé que nos habíamos engañado al presuponer que desconocían esa clase de esgrima. No tardé en advertir que se manejaban de manera distinta. Las armas eran desparejas. Duncan, para salvar esa desventaja, quería estar muy cerca del otro; Uriarte retrocedía para tirarse en puñaladas largas y bajas. La misma voz que había indicado la vitrina gritó:

— Se están matando. No los dejen seguir.

Nadie se atrevió a intervenir. Uriarte había perdido terreno; Duncan entonces lo cargó. Ya casi se tocaban los cuerpos. El acero de Uriarte buscaba la cara de Duncan. Bruscamente nos pareció más corto, porque había penetrado en el pecho. Duncan quedó tendido en el césped. Fue entonces cuando dijo con voz muy baja:

— Qué raro. Todo esto es como un sueño.

No cerró los ojos, no se movió y yo había visto a un hombre matar a otro.

Maneco Uriarte se inclinó sobre el muerto y le pidió que lo perdonara. Sollozaba sin disimulo. El hecho que acababa de cometer lo sobrepasaba. Ahora sé que se arrepentía menos de un crimen que de la ejecución de un acto insensato.

No quise mirar más. Lo que yo había anhelado había ocurrido y me dejaba roto. Lafinur me dijo después que tuvieron que forcejear para arrancar el arma. Se formó un conciliábulo. Resolvieron mentir lo menos posible y elevar el duelo a cuchillo a un duelo con espadas. Cuatro se ofrecieron como padrinos, entre ellos Acebal. Todo se arregla en Buenos Aires; alguien es siempre amigo de alguien.

Sobre la mesa de caoba quedó un desorden de barajas inglesas y de billetes que nadie quería mirar o tocar.

En los años siguientes pensé más de una vez en confiar la historia a un amigo, pero siempre sentí que ser poseedor de un secreto me halagaba más que contarlo. Hacia 1929, un diálogo casual me movió de pronto a romper el largo silencio. El comisario retirado don José Olave me había contado historias de cuchilleros del bajo del Retiro; observó que esa gente era capaz de cualquier felonía, con tal de madrugar al contrario, y que antes de los Podestá y de Gutiérrez casi no hubo duelos criollos. Le dije haber sido testigo de uno y le narré lo sucedido hace tantos años.

Me oyó con atención profesional y después me dijo:

— ¿Está seguro de que Uriarte y el otro no habían visteado nunca? A lo mejor, alguna temporada en el campo les había servido de algo.

— No — le contesté. — Todos los de esa noche se conocían y todos estaban atónitos.

Olave prosiguió sin apuro, como si pensara en voz alta:

— Una de las dagas tenía el gavilán en forma de U. Dagas como ésas hubo dos que se hicieron famosas: la de Moreira y la de Juan Almada, por Tapalquén.

Algo se despertó en mi memoria; Olave prosiguió:

— Usted mentó asimismo un cuchillo con cabo de madera, de la marca de Arbolito. Armas como ésas hay de a miles, pero hubo una...

Se detuvo un momento y prosiguió:

— El señor Acevedo tenía su establecimiento de campo cerca de Pergamino. Precisamente por aquellos pagos anduvo, a fines del siglo, otro pendenciero de mentas: Juan Almanza. Desde la primera muerte que hizo, a los catorce años, usaba siempre un cuchillo corto de ésos, porque le trajo suerte. Juan Almanza y Juan Almada se tomaron inquina, porque la gente los confundía. Durante mucho tiempo se buscaron y nunca se encontraron. A Juan Almanza lo mató una bala perdida, en unas elecciones. El otro, creo, murió de muerte natural en el hospital de Las Flores.

Nada más se dijo esa tarde. Nos quedamos pensando.

Nueve o diez hombres, que ya han muerto, vieron lo que vieron mis ojos — la larga estocada en el cuerpo y el cuerpo bajo el cielo — pero el fin de otra historia más antigua fue lo que vieron. Maneco Uriarte no mató a Duncan; las armas, no los hombres, pelearon. Habían dormido, lado a lado, en una vitrina, hasta que las manos las despertaron. Acaso se agitaron al despertar; por eso tembló el puño de Uriarte, por eso tembló el puño de Duncan. Las dos sabían pelear — no sus instrumentos, los hombres — y pelearon bien esa noche. Se habían buscado largamente, por los largos caminos de la provincia, y por fin se encontraron, cuando sus gauchos ya eran polvo. En su hierro dormía y acechaba un rencor humano.

Las cosas duran más que la gente. Quién sabe si la historia concluye aquí, quién sabe si no volverán a encontrarse.

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